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A L.
El bar Marsella resiste y sigue abierto.
Lleva resistiendo casi doscientos años,
desde que en 1820 un francés visionario lo fundó. Es el bar más antiguo de
Barcelona, de acuerdo con Armando, mi camarero favorito. Armando suele ser muy
malencarado, pero una vez que te acepta va soltando de cuando en cuando
sonrisas inesperadas. Así son los camareros del Marsella, siempre ocupados y
displicentes, pero eficacísimos y conocedores de lo que quieren sus clientes.
El Marsella se hizo aun más famoso con la
película Vicky Cristina Barcelona.
Uno de los camareros hasta salió en una escena. Claro que Woody Allen olvidó
retratar lo maravillosamente decadente del bar: las paredes desconchadas, el
polvo ancestral de las arañas del techo, las botellas de las estanterías que ya
estaban cuando Hemingway iba a beber absenta a ese bar. Su luz amarillenta, y
los espejos que albergan una suciedad imposible de despejar —eso sí, los pisos
muy limpios—. Así es el Marsella, aristocrático y canalla, bohemio,
imperturbable.
Del Marsella he aprendido tres cosas: Uno,
que ahí hay que tomar absenta. Algunos incautos llegan a beber cerveza, solo
que Armando los mira con desprecio y les arroja el cambio cuando pagan. Dos,
que está prohibido cantar. Pero con el absenta, el elíxir mágico de los Poetas
malditos, no hace falta: la lengua se suelta, y uno comienza a hablar como
nunca ha hablado, a compartir ideas con el de la mesa vecina o a sincerarse con
el acompañante en turno. Y una tercera —que he visto repetidas veces con
turistas temerarios—, que beber mucho absenta y demasiado rápido conduce a una
borrachera iracunda y fulminante. Es una bebida introspectiva, artística, no
apta para guiris ni novatos. Al absenta hay que tenerle respeto.
Igual que hay que tenerle respeto al
Marsella. Respeto, porque ha resistido casi doscientos años. Y porque ahora,
con el nuevo Plan
de usos de la Ciutat Vella, a partir del 2013 los edificios pueden venderse
con fines turísticos, cosa que sucede ya con el inmueble del Marsella. El dueño
del local ha querido echarlos desde principios de año, y vender el edificio por
un millón de euros —para hacer un centro comercial, una tienda de teléfonos o
cualquier chorrada—. Los del Marsella, defendiendo uno de los pocos refugios
bohemios del barrio, han hecho entre otras cosas una petición
para que esto se pare. Y por eso es que, desde abril, el Marsella sigue
abriendo todas las noches sin contrato, y con la resolución judicial de su
incierto destino pendiendo de un hilo. Los parroquianos, los camareros y el
dueño tienen la esperanza de que el Ayuntamiento recapacite y no deje morir a
este bar ancestral, uno de los últimos reductos de la Barcelona vieja.
Por todo lo anterior hay que ir al
Marsella. Pero hay que ir ya (y de paso, firmar la petición), porque nadie sabe
hasta cuándo podrá resistir. En el peor de los casos, si eso llegase a suceder,
siempre estará el tonto consuelo nostálgico de decir a los amigos que acaban de
llegar a Barcelona: “Yo alguna vez fui al Marsella cuando estaba abierto. Eran
otros tiempos”. Efectivamente lo eran.
Pero aun no. El Marsella, con toda su
leyenda detrás, aun resiste. Por eso hay
que aprovechar y vivir esa entrañable experiencia lo más pronto posible.